En griego antiguo, agalma designa el objeto precioso y fascinante, aquello que brilla y atrae sin poder ser del todo poseído. Lacan lo retomó para nombrar la causa del deseo — lo que lo pone en marcha sin saciarlo nunca.
Este proyecto nace de esa intuición: que los brillos exteriores son espejos de una luz interior que buscamos sin saber del todo qué buscamos. Luz, brillo, oro...
Agalma explora la tensión entre lo visible y lo oculto, lo tangible y lo etéreo. Entre el brillo que vemos y el deseo que despierta.